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Solitaria se queda la Virgen del Rocio cuando acaba la fiesta mayor. Solitaria se queda guardando la marisma después de Pentecostés.
Tan solo el viento que llega cuajado de perfumes impulsados por la mar, tan solo el viento día y noche consigue a la Señora acompañar.
Quien fuera viento para su frente besar, en silencio contemplarla rezarle y amarla cada momento sobre su altar.
Y al amanecer, un dorado sol naciente coloreaba su cara, amorosa y sonriente. Su baja mirada, color de romero, sus manos de nacar sostiene en el cielo al niño bonito de los rocieros.
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