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Tema: Un rociero en Suiza. (Leido 1588 veces) |
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majariega
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Un rociero en Suiza.
« fecha: 04.10.04 a las 14:48:51 » |
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Hace muchos años, mucho antes de que yo naciera, mi tío y padrino emigró a Suiza (eran años difíciles). Allí se casó y formó su familia. Y aunque volvía siempre que podía a su Sevilla de mi alma, vio con pena y resignación, cómo sus hijos se criaron lejos de nuestra Fe, nuestras costumbres y creencias. Fallecido ya mi tío, mi primo Pepe se hizo fotógrafo profesional, y como todo artista, siempre andaba a la busca de algo.... un no sé que... su mejor obra quizás. El caso es que se vio envuelto en un proyecto que le embelesó y quitaba el sueño. Un proyecto que una vez acabado resultó ser el libro: ROCÍO, CAMINO DE FE. (Los pormenores de cómo surge ese proyecto y cuándo, yo los desconozco) Un día cogió el avión para España, hasta Madrid. De allí a Sevilla y de Sevilla hasta el Rocío andando. Apenas llevaba lo puesto, la cámara colgada al cuello y un sinfín de carretes en la mochila (por entonces las digitales aún no existían). No sabía con lo que se iba a encontrar. Nunca había hecho el camino antes y no conocía a nadie ni a ninguna Hermandad. Aquella aventura duró varios años. Hizo el camino con Hermandades diferentes y por distintos trayectos. Y nunca le faltó un plato para comer. Nunca le faltó una candela a la que arrimarse. No hubo una Hermandad que no lo acogiera, ni un romero que no le diera compañía. No sufrió de soledad ni añoranza. Hizo muchos amigos y por supuesto, muchísimas fotos. El libro resultó ser una preciosidad. Tiene fotos que ponen los pelos de punta y te llenan los ojos de lágrimas. Yo pasaba las páginas si poder decir palabra hasta que le pregunté, ¿con qué te quedas?....... y el me contestó……con la gente. Lo que he visto… no lo puedo explicar con palabras, esas imágenes son mi mejor testimonio. Lo que he sentido…, ni mis fotografías pueden dar cuenta de ello. Hay que ir, hacer el camino y verla salir para entenderlo, y ni aún así, lo puedes entender. Aquello es un mar se sensaciones, y en mi avidez por captarlas todas, me acabé contagiando de emociones, que nunca creí llegara a sentir. Hoy no sé como recuerda mi primo todo aquello, hace mucho tiempo que no hablamos. Pero de una cosa estoy segura, mi padrino, allá en el cielo, aún sigue mirando, con orgullo de padre, todas esas fotos. Fue su mejor regalo.
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