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 MI PASTORA
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MI ROCIO (1)
« fecha: 31.08.04 a las 14:42:32 » |
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ESTE ES MI ROCIO La peregrinación.- Todo comienza con el sonido del primer cohete el día que hacemos la peregrinación. Desde ese momento mi cuerpo se estremece y mis vellos y mis lágrimas parecen asomarse a ver que es lo que ocurre.”Mis lágrimas quieren verte y después de un largo desvelo, conmigo quieren rezarte y esperarte un año entero” Tras la misa de romeros, comienzas a andar con unas ganas inusitadas, como si fuese la primera vez que lo haces, y con una ilusión enorme de llegar a la aldea, como si fuese también la primera vez. La solidaridad y la alegría la ves rebozar, ves a niños y mayores que comparten todo, historias, leyendas, aromas, esas varas de eucalipto a las que les gusta ir coronadas de romero en flor que a unos le sirven de apoyo, en su andar-camino lento, y a otros de estandarte en su demostración de ser rociero y peregrino y que cuando llegas ante Ella sirve de presente y como ramo de flores, el más valioso del mundo. Los pies doloridos, algunas veces ensangrentados, la garganta seca y en muchos casos enmudecida por promesa, la piel quemada del frío relente y luego del sol, el pañuelo de coco empapado en sudor, que no se sabe porque, nunca es maloliente, y el cuerpo entero impregnado de polvo son tus mayores trofeos en esta carrera en el que nunca hay perdedores y en el que los primeros siempre esperan a los últimos para entrar juntos en esa meta tan codiciada. Son “esas cosas tan sencillas del camino rociero, que hacen que viva el Rocío y que se llenen los senderos” Y cuando la tienes delante, como dijo aquel poeta, “mis labios le lanzan flores, mi corazón, a compás, plegarias le canta, sus salves son mi fuerza” y más que pedirle nada, mi cuerpo me pide darle gracias por lo que me da. “Que yo no le pido ná, cuando me acerco a su altar, porque tengo lo que quiero, salud y suerte, además, de sentirme rociero”. En ese momento me agarro a mi gorra colocada en mi pecho, mi medalla y a los hierros de la verja, como si quisiera soldarme a ellos para no moverme de allí nunca más, y la visión que tengo el tiempo que estoy ante su Altar es solo la de su rostro enmarcada de un velo turbio, que no se si son mis lágrimas, mi imaginación o las ganas de no desperdiciar ni un poquito de esa imagen que no sea para verla a Ella. Después de la Misa y la ofrenda de flores, la fiesta. Empieza con la comida de hermandad, mejor dicho, empieza con los saludos entre los peregrinos, unos no se ven desde el pasado año, pero da igual, los abrazos son tan emotivos que si se vieron ayer también parece que haga el mismo tiempo, después el yantar y, casi siempre, la música y algo o mucho de cante, depende del momento que se esté viviendo, que hasta se transmite a las letras que se dicen, siempre hablando del Rocío y de la Virgen, más tristes o más alegres según lo que nos traiga el instante a la memoria. “Si en el Cielo hay un Rocío y un día este mundo se acaba, en un poyete “subio” estará siempre mi gente para cantarte Rocío”. Este es el recuerdo que siempre me traerá ese momento, ya que fue la última letra que nos acompañó a mi compadre y a mí la guitarra que, la toque quien la toque, siempre tendrá los mismos sones y el mismo sentimiento transmitido, los de los discípulos del que se ausentó una temporada. Al final la despedida, corta despedida, hasta que llegue la Romería, la veo tan cerca y a la vez tan lejos en el tiempo que me gustaría que fuese mañana mismo, aunque mis pies dudo que aguantaran, pero estoy seguro que mi corazón sí lo lograría. “Y ya es la hora de despedirme Blanca Paloma, y ya es la hora de esa oración, que se pronuncia diciendo adiós”. sigue en MI ROCIO (2)
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