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   LECTURAS DEL MIERCOLES 23 DE ABRIL 2014
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   Autor  Tema: LECTURAS DEL MIERCOLES 23 DE ABRIL 2014  (Leido 188 veces)
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LECTURAS DEL MIERCOLES 23 DE ABRIL 2014
« fecha: 23.04.14 a las 00:50:46 »
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Libro de los Hechos de los Apóstoles 3,1-10.  
En una ocasión, Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la tarde.  
Allí encontraron a un paralítico de nacimiento, que ponían diariamente junto a la puerta del Templo llamada "la Hermosa", para pedir limosna a los que entraban.  
Cuando él vio a Pedro y a Juan entrar en el Templo, les pidió una limosna.  
Entonces Pedro, fijando la mirada en él, lo mismo que Juan, le dijo: "Míranos".  
El hombre los miró fijamente esperando que le dieran algo.  
Pedro le dijo: "No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina".  
Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos.  
Dando un salto, se puso de pie y comenzó a caminar; y entró con ellos en el Templo, caminando, saltando y glorificando a Dios.  
Toda la gente lo vio camina y alabar a Dios.  
Reconocieron que era el mendigo que pedía limosna sentado a la puerta del Templo llamada "la Hermosa", y quedaron asombrados y llenos de admiración por lo que le había sucedido.  
 
 
Salmo 105(104),1-2.3-4.6-7.8-9.  
¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,  
hagan conocer entre los pueblos sus proezas;
canten al Señor con instrumentos musicales,  
pregonen todas sus maravillas!
 
¡Gloríense en su santo Nombre,  
alégrense los que buscan al Señor!
¡Recurran al Señor y a su poder,  
busquen constantemente su rostro.
 
Descendientes de Abraham, su servidor,  
hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios,  
en toda la tierra rigen sus decretos.
 
El se acuerda eternamente de su alianza,  
de la palabra que dio por mil generaciones,
del pacto que selló con Abraham,  
del juramento que hizo a Isaac.
 
 
 
 
 
Recurran al Señor y a su poder

 
 
 
 
 
Evangelio según San Lucas 24,13-35.
   
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.  
En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.  
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.  
Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.  
El les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste,  
y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!".  
"¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo,  
y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.  
Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.  
Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro  
y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo.  
Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron".  
Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!  
¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?"  
Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.  
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.  
Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos.  
Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.  
Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.  
Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?".  
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos,  
y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!".  
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.  
 
Palabra de Dios
 
Gloria a Ti, Señor Jesús
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Re: LECTURAS DEL MIERCOLES 23 DE ABRIL 2014
« Responder #1 fecha: 23.04.14 a las 13:17:53 »
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Hechos de los apóstoles 3, 1-10
 
Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9
 
san Lucas 24, 13-35
 
La primera lectura de la Misa de hoy nos cuenta un milagro impresionante. Todos los milagros impresionan, y no sólo porque lo que era agua ahora es vino, ni porque quien era paralítico, como en el caso de hoy, empiece a andar, sino porque un milagro nos da motivos de credibilidad. Un milagro nos recuerda que Dios existe, que Dios tiene poder, que dependemos de nuestro Padre Dios, que nuestra fe es verdadera.
 
El milagro lo hacen Pedro y Juan, dos discípulos si cabe hablar así, especialmente queridos por el Señor. Como todos los días, han dejado a un paralítico en la llamada puerta “Hermosa” del templo para pedir limosna. Llegan Pedro y Juan, y el paralítico, desde su camilla, extiende su mano con rostro lastimero, con el buen deseo de aumentar la piedad en los viandantes y aumentar de paso sus posibilidades de sustento. Añadiría muy probablemente algunas palabras de súplica llorosa: al ver a Pedro y Juan, dice el texto, “les pidió una limosna”.
 
Y de pronto surge lo inesperado: “Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirando y le dijo: “míranos”. Clavó los ojos en ellos esperando que le darían algo”. Imaginamos el cambio tímido de expresión en el rostro del paralítico, al ver que un par de amigos se acababan de apiadar de él y que tenía ya aseguradas unas monedas. Pero empieza a cambiar de nuevo su esperanzado rostro y a tornarse triste al oír que Pedro añade: “no tengo plata ni oro”. Mal asunto. Pero aquel hombre fuerte y robusto, aún añade algo más: “no tengo oro ni plata, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar”. Y como sabemos, aquel paralítico comenzó a andar.
 
Traslademos este hecho a un día normal de nuestro tiempo: un pobre a la salida de una Iglesia en cualquier ciudad de España pide limosna. Sale la gente de Misa. Un hombre, al ver al pobre se detiene delante de él y echa mano a su bolsillo; al pobre se le ilumina la cara; y aquel saca la cartera y le da 80.000 €. ¡Se imaginan! ¿Cuál sería la reacción del pobre? No se lo creería. Quedaría confuso, aturdido, lloroso de la emoción; empezaría a besar las manos del dadivoso hombre, comenzaría a dar gritos de alegría. De hecho, la primera lectura de hoy nos dice que aquel paralítico al ver que podía andar “entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios”. Dando “brincos”. No es para menos.
 
Esto que hace san Pedro y san Juan con el paralítico y el ejemplo trasladado a día de hoy que considerábamos nosotros, no es nada si lo comparamos con lo que hace el Señor cuando acudimos -paralíticos y pobres-al sacramento de la confesión, al también llamado sacramento de la reconciliación, del perdón, del amor.
 
Nosotros entramos en el confesionario extendiendo la mano y rogando a Dios: “límpiame”. Y seguimos diciendo: “he pecado contra este mandamiento o aquel otro; tengo este defecto: la “parálisis” de la soberbia, la lepra de mi impureza, la ceguera de mi envidia, soy un mudo que no puede hablar sin mentir, estoy muerto como Lázaro, por el pecado mortal”. Y extendemos nuestra mano a Cristo o a sus discípulos -a Pedro y a Juan, pero también a los sacerdotes que les sucedieron después- y pedimos la limosna de la gracia de Dios, del perdón por nuestros defectos, ser curados de las enfermedades de nuestra alma.
 
Y escuchamos las mismas palabras: “no tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar”. Es casi lo que dice el sacerdote en la confesión en el momento de perdonar los pecados. Uno acude allí para recibir a “Jesucristo Nazareno”: para que “en su nombre”, a través del contacto con la gracia de Dios, quedemos curados de nuestras parálisis y pobrezas.
 
 
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