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   LECTURAS DEL DOMINGO 13 DE ABRIL 2014 (1ª Parte)
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   Autor  Tema: LECTURAS DEL DOMINGO 13 DE ABRIL 2014 (1ª Parte)  (Leido 133 veces)
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LECTURAS DEL DOMINGO 13 DE ABRIL 2014 (1ª Parte)
« fecha: 12.04.14 a las 18:47:49 »
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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
 
 
Libro de Isaías 50,4-7.  
El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.  
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.  
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.  
Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.  
 
 
Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24.  
Los que me ven, se burlan de mí,  
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que Él lo libre;  
que lo salve, si lo quiere tanto.»
 
Me rodea una jauría de perros,  
me asalta una banda de malhechores;  
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos.
 
Se reparten entre sí mi ropa  
y sortean mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;  
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme.
 
Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,  
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;  
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;  
témanlo, descendientes de Israel.»
 
 
 
Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.  
Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente:  
al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano,  
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz.  
Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,  
para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos,  
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: "Jesucristo es el Señor".  
 
 
 
 
 
Jesucristo es el Señor

 
 
 
 
 
Evangelio según San Mateo 26,3-5.14-75.27,1-66.  
Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás,  
y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte.  
Pero decían: "No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo".  
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes  
y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata.  
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.  
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".  
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'".  
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.  
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce  
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".  
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".  
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.  
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".  
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.  
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".  
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,  
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.  
Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre".  
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.  
Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.  
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea".  
Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás".  
Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces".  
Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo.  
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar".  
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse.  
Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo".  
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".  
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?  
Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".  
Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad".  
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño.  
Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.  
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.  
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".  
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.  
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo".  
Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó.  
Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.  
Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.  
Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.  
¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.  
Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?".  
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron".  
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.  
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.  
Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.  
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte;  
pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos  
que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'".  
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?".  
Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".  
Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo".  
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia.  
¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte".  
Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban,  
diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó".  
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo".  
Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir".  
Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno".  
Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre".  
Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona".  
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