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Tema: Silencio, sólo silencio (Leido 175 veces) |
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Enrique de Triana
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 Triana sigue sonando a caravana...
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Silencio, sólo silencio
« fecha: 11.03.04 a las 03:07:11 » |
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¿Cómo será el silencio? El pasado sábado, a cosa así de la una del mediodía nos montamos en la carriola para tomar el camino de Moguer que nos conduciría, en sentido inverso a la Aldea, hacia Gato. Durante el camino nos cruzamos con multitud de todoterrenos, carriolas y demás vehículos de tracción mecánica. Bien es cierto que la cantidad de caballos y tracción animal estaba muy presente aquel día. Llegamos a Gato y por allí más coches, mas humos, mas ruido. Estábamos empeñados en cantar unas sevillanas a la Virgen, sólo acompañadas por palmas y guitarra, pero nos resultó un poco difícil coger "la toná" porque una carriola que estaba casi a nuestro lado decidió poner a toda pastilla un estupendo equipo de música con sus sevillanas preferidas. Y Cayó la noche. Cayó la noche y se hizo la luz. Luz de generadores que rompían el misterio de aquella luna llena que nos acompañaba. Y entonces caí en la cuenta... ¿Cómo sería aquel camino hacia el Rocío? ¿Cómo vivirían aquellas personas las noches, el alba, el andar junto al Simpecao? ¿Cómo sería aquel silencio? Puedo imaginarme, casi lo puedo escuchar, cómo sonaría el primer cohete y cómo la Hermandad iría despertando poco a poco al ir oyendo el sonar del tambor y la flauta. Los pinos mojados del rocío, la arena húmeda. En el ambiente, esa peculiar mezcla de olores, entre eucalipto o lentisco o resina del pinar o todos ellos mezclados. No hay coches. Lo más que llego a ver es unos cuantos caballos y varios mulos con sus serones. El boyero hace ya tiempo que se despertó. Está preparando al ganado para uncirlo de nuevo a la carreta. El Simpecao no espera y todas las carretas deben estar listas para la hora fijada para la salida. Estoy a su lado, observando. Oigo el crujir de las cuerdas que usa para fijar la yunta, el primer crujido de la carreta cuando los bueyes se mueven mientras los preparan. El alcalde de carretas da el aviso para que la Hermandad se ponga en camino. Al pasar el río, oigo perfectamente el discurrir del agua y el chapotear de los caballos para refrescarse. Durante toda la mañana vengo escuchando la respiración cansina de los bueyes, el rechinar de la madera de la rueda al contacto con la arena, las pisadas de mis compañeros de camino. Durante el sesteo, reclinado sobre el tronco de un pino, he podido escuchar el viento entre las acículas, nada me lo impedía. Pude adentrarme entre los eucaliptos y pinos que bordean la Raya Real y cogí lirios y romero. Llegada la noche, después de caminar durante todo el día, estuve sentado frente a la candela. Sólo escuchaba el crepitar de la leña y me entretenía viendo la figura indefinible del fuego que surgía de aquellos troncos. No había grupos electrógenos, sólo carburo. Y allí me quedé dormido, en aquella manta que llevaba. A la mañana siguiente, nadie me despertó anunciando pan o hielo. Era de nuevo el tambor y la flauta, que anunciaban otra vez el inicio de un nuevo día. Y durante la noche silencio... sólo silencio.
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